Participar como sociedad/ Por Roberto Arroyo Olivarez PDF Imprimir E-mail
Escrito por PÁGINA Que sí se lee!   
Viernes, 30 de Julio de 2010 16:17

Colaboración
Participar como sociedad

Roberto Arroyo Olivarez
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“Malnacidos aquellos mexicanos que alimentan su lujuria con la sangre de sus hermanos”
Anónimo

En estos tiempos tan convulsos que se están viviendo en nuestro país por la violencia desatada y por la carencia de valores, se hace necesario aportar algo en el rescate de nuestra sociedad, papel que nos corresponde a todos, pero principalmente a quienes somos padres de familia, sacerdotes, ministros, tutores, maestros, funcionarios públicos o que de alguna manera somos parte del problema, lo que mayormente nos compromete para ser también parte de la solución y que vemos con el crecimiento de la inseguridad, la violencia y el temor un riesgo inmanente para la tranquilidad y la paz que se necesitan para crecer como país y como seres humanos. Estoy consciente que la solución tiene que ser multidisciplinaria y que es necesario dejar de culpar a todo y a todos, sin distinción de colores partidistas o de afinidades políticas, dejando de ver solamente lo negativo de cada acción emprendida por los gobiernos o por la sociedad, sean del nivel que sean, lo cual lejos de contribuir a corregir errores nos llena más de resentimiento y de culpabilidad, como si hubiera alguien que se pudiese salvar de lo que ocurre aquí en Chapala, en Jalisco, en México. Esta sociedad que formamos, la integramos los adultos, esto les estamos dejando a nuestros hijos, esta es la herencia de tantos años y de tantas generaciones de irresponsabilidad, de valemadrismo, de pensar primero en mí que en los demás. Esto que está pasando no es de ahora; es de varias generaciones y quien quiera tirar la piedra y esconder la mano que voltee a ver lo que hicimos bien, lo que hicimos mal y lo que dejamos de hacer los adultos por las generaciones que estamos formando.
Prevenir el delito y la violencia forma parte de la prevención social, entendida esta como una función general que debe sustentarse en los principios, en los valores y en los intereses de desarrollo de cada individuo o grupo de individuos como un sistema biopsicosocial. Frente al delito y la malvivencia se presentan, a mi entender, varias reacciones posibles, pero la más grave es no hacer nada, que representaría una reacción de omisión: “mientras a mí no me afecte, qué me importa”. Y es que algunas de las cosas que ahora vemos muy cerca de nuestra casa, en nuestro querido Chapala, estábamos acostumbrados a verlas y escucharlas en lugares “lejanos”, como si Ciudad Juárez no fuera México o como si Tijuana estuviera en otro continente. Y como dice Cristi, estamos perdiendo nuestra capacidad de asombro. Pero están ocurriendo aquí, frente a nosotros, cerca de nuestra casa, cerca de nuestros hijos y de nuestra familia; y entonces, hay que hacer algo.
Desgraciadamente, la solución no es tan sencilla y no puede ser de manera individual como hay que corregir los errores del pasado, cuando no sólo se solapaba, sino que se fomentaba la corrupción y la impunidad cuando escuchábamos frases como “el que no transa, no avanza”. Sólo quiero decirles lo que pienso que se puede hacer en principio para empezar una redada contra la falta de valores y el respeto por la dignidad humana. De manera helicoidal, en donde el centro de la espiral lo formemos cada uno de nosotros, es necesario hacer una introspección sobre el papel que estamos jugando como individuos en el rol que nos corresponde: ¿Realmente estoy cumpliendo como padre de mis hijos, brindándoles la seguridad, la tranquilidad, la cultura, la educación y el respeto por el entorno? ¿Qué he hecho mal? ¿Dónde debo redoblar mis esfuerzos para ayudar y apoyar a mis hijos y a mi familia para que se conviertan en personas respetadas y respetables? ¿He dejado de hacer algo que está repercutiendo en la conducta negativa de mis hijos? ¿Debo cambiar el rumbo o la estrategia en mi relación de padre o con mi familia? y si es así, ¿Estoy preparado y dispuesto para hacerlo?
En el siguiente escaño de la hélice deberemos entender que, por sentido común, un problema social es un fenómeno que condiciona, afecta y amenaza la vida, la paz y la tranquilidad de una comunidad, amenazando además el orden social establecido y haciendo peligrar a las instituciones que rigen a las comunidades, desde la misma familia, hasta las gubernamentales, las cuales norman la vida de nosotros como sociedad. Se trata pues de patologías o enfermedades sociales que deben tratarse como tales, por lo que no solamente es necesario darle un sentido preventivo como tal, sino comprender su origen y sus causas considerando lo individual, lo familiar, lo grupal y lo social para poder identificar e interpretar en dónde se encuentra el principal problema y establecer estrategias, escenarios y técnicas para su prevención, atención y análisis. Es de suponer que los problemas sociales son específicos de cada sociedad y también es comprensible que en un mundo cada vez más globalizado muchos de los problemas nacionales tienen su origen en otras esferas, como el tráfico de armas, las adicciones, la disfuncionalidad familiar y la permisividad por parte de algunos gobiernos que no ven hacia el interior de su país el daño que le hacen a los países con menores posibilidades de afrontar problemas económicos y sociales como los nuestros, que tienen como una de sus principales fuentes de acopiar el resentimiento social entre los jóvenes que viven en la pobreza, la marginación, las familias disfuncionales, la negligencia y la apatía de las autoridades para combatir estos flagelos sociales. Y qué importa, si finalmente todos los jóvenes que se encuentran en la calle lo hacen porque no encuentran en su casa lo que deberían tener, como comprensión, cariño, afecto, sentido de integración familiar, por lo que salen a buscarlos en la calle con los compas y con jóvenes como ellos, pero con la condicionante de encontrar otros antivalores que tienen que resolver para poder pertenecer al grupo y olvidarse por un rato de la miseria, la violencia intrafamiliar, la descomposición. Al menos eso es lo que piensan (o les vale) algunos padres de familia. Es entonces cuando entre los mismos jóvenes se estrechan las relaciones como fenómenos sociales vinculados entre sí, por su necesidad de pertenencia, pero confrontados con otros grupos por la supremacía de su esfera de poder. Por eso, la solución de este tipo de conflictos deberá ser con una visión integradora, sin fragmentarla o separarla en su contexto, viéndola en la complejidad que tiene e involucrando a toda la sociedad en su conjunto en su solución. Será en este sentido que la prevención de la denigración social deberá integrar premisas socioeconómicas, políticas, culturales, educativas e ideológicas, cuyo principal fundamento sea retomar los valores y las virtudes que se han perdido desde que empezamos a sobrevalorar las cosas materiales por encima de las personas o de las actitudes. Y eso es trabajo de todos, desde la casa, hasta el púlpito y las oficinas de gobierno. Es por eso que me planteo la incógnita sobre qué estamos haciendo como personas valiosas y valientes, qué estamos haciendo como familias y qué estamos haciendo como sociedad. Dejemos ya de culpar a las autoridades y sumémonos al esfuerzo (poco o mucho) que se haga para combatir este cáncer social que, de no combatirlo frontalmente y con firmeza, nos llevará a fallar como personas y como sociedad. Por lo tanto mira a tu alrededor y si puedes hacer algo por tu entorno, no te detengas y hazlo. Sólo falta que participemos todos y nos pongamos las pilas, ¿no crees?

 

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